"Spencer": los frágiles días de Diana de Gales

Se convirtió en un mito involuntario. O quizás, más que eso, en la mirada temprana a una época hipercomunicada y obsesionada con la fama. La llamada “primera gran influencer” antes de que el término existiera incluso, fue también una figura trágica. O al menos, es lo que sugiere “Spencer, de Pablo Larraín

"Spencer": los frágiles días de Diana de Gales

En varias de las escenas de “Spencer”, de Pablo Larraín, la actriz Kristen Stewart (de la que ya se dice que podría obtener un Oscar por su actuación), mira hacia un espacio fuera de la cámara. Lo hace con una atención concentrada y deliberada, como si quisiera escapar de lo que le rodea, de su identidad e incluso de su delgado cuerpo frágil. La Diana de Gales que retrata Larraín es una víctima. Pero también es un espectro de una ambición más amplia. Una minuciosa mirada sobre los terrores contemporáneos incluso antes de que tuvieran nombre.

La película, un curioso biopic con un ritmo atípico en el género, no intenta analizar el fenómeno de Diana de Gales. Más bien, brinda una mirada al ser humano bajo la pátina de la celebridad por asimilación y después, por derecho propio. El film no tiene una opinión sobre las diversas presiones que rodearon a la princesa británica. Está más interesado en lo que ocurría en su mente —o lo que imagina el guion de Steven Knight al respecto— mientras a su alrededor se creaba un verdadero mito que tuvo la curiosa salvedad de comenzar mientras Diana aun vivía.

“Spencer” es una mirada trágica, dura y poco sincera sobre la convicción de que la mujer más famosa de la realeza inglesa terminó atrapada en el papel que le tocó desempeñar. ¿Cuál era ese papel? Había varias respuestas para eso y Larraín y Knight escogieron las más obvias. Desde la distancia de la cámara y la interpretación tardía, Diana Spencer es una víctima de sus principios. También, una horrorizada cautiva de una circunstancia que la avasalló como una ola.

Pero Larraín y Stewart la retratan desde un ángulo contemplativo. Gran parte de la película, recorre el sentido de la tragedia que está a punto de acaecer. Esa lenta desintegración sobre las cenizas de lo que fue un sueño, un proyecto y una imagen que Diana no pudo sostener por sí sola. El guion acierta al retratar el estado de la princesa como un agravio que se multiplica a cada pequeño desaire, que se eleva, se marchita y se desploma con una lentitud de pesadilla. La Diana de Larraín, a décadas de su muerte, delgadísima, melancólica, agotada, aplastada por el deber, intenta avanzar en la oscuridad con las manos abiertas hacia adelante.

Lo hace a tientas, tropezando con los fragmentos de un matrimonio infeliz, de los restos dolorosos de una vida perdida y la necesidad del amor que se esfuma como una promesa rota. Para Larraín, Diana perdió el norte y la capacidad para encontrarlo de nuevo. Diana miró en direcciones opuestas, para escoger la que intentó pudiera permitirle sobrellevar el fracaso marital y también, el personal. Pero al final, es una víctima, sin duda. Una mujer rota, destrozada y devastada por un dolor invisible y anónimo.

Diana también es una estrella a punto de brillar por cuenta propia. “Una fábula de una verdadera tragedia”, indica la película apenas unos minutos después de comenzar. Lo hace, con todo el peso de percepción sobre la vida de Diana como una gran puesta en escena en la que tuvo verdadero control apenas unos años antes de su muerte.

¿Quién fue Diana de Gales? Larraín no busca relatar la vida, el pasado y el trayecto de la fulgurante y fugaz estrella de la familia real, mientras contradecía al protocolo y buscaba una vida propia. Tampoco intenta generar una polémica, una mirada nueva. De hecho, la película está encapsulada en tres días, durante los cuales Diana de Gales miró quizás la brecha que separaba su vida de sus ilusiones como mujer y después, como un símbolo agrio que no encontró un lugar al cual asirse y terminó por derrumbarse en el miedo.

"Spencer" Diana

 

El ojo de Larraín: la esperanza rota

En el año 2016, Pablo Larraín tomó la historia de Jackie Kennedy y la desmenuzó fuera de los reflectores y la condición de ícono que le confirió la historia. Natalie Portman encarnó a la exprimera dama de EEUU quizás en el peor momento de su vida. En el más devastador, violento y angustioso. El que le brindó la estatura de sublime y trágica víctima que llevaría a cuestas durante toda la vida, incluso luego de haber contraído matrimonio por segunda vez —y haberse divorciado— para luego convertirse en una socialité y parte de la fauna de Nueva York.

Pero para Larraín, el interés provenía del dolor. De la ruptura y la caída, del fuego que forjó al ídolo. De modo que lo retrató tal y como la imaginó: la Jackie Kennedy del director fue una mujer rodeada de espacios silenciosos, consumida por el oprobio de una viudez descarnada y el ojo público que la golpeaba con la ponzoña del estigma. Larraín, convencido de la capacidad de la cámara para reconstruir los espacios dolorosos, creó una épica diminuta que brindó sentido a una metáfora de nuestro tiempo. Y de nuevo, el mayor valor de la Jackie, solitaria, el rostro cubierto, las lágrimas contenidas, fue el paso que la separaba de la fama que esperaba por ella luego de que pudiera escapar de la tragedia.

Hay hilos paralelos entre la forma en que el director retrata a Diana de Gales y a Jackie Kennedy. A pesar de que ambas mujeres no podrían ser más distintas —y las situaciones que atraviesan en pantalla, más disímiles— tanto una como la otra, se miran en el espejo de un desgarrador sentido de la desgracia. Jackie ponderó su pérdida, la del país y la personal, como una herida que no cicatrizaría pronto. Un terror diminuto y aciago que tuvo que afrontar llevando de la mano a su hijo pequeño, en medio de un espacio sin nombre que resultaba inédito tanto para ella como para todos los que le rodeaban. Larraín diría después, que indicó a Portman que la mujer frágil del traje rosa empapado de sangre que sobrevivió a la muerte de su marido, fue la misma que dio indicaciones sobre el funeral y el entierro. Fue la misma que sostuvo al país desolado y aterrorizado. “Le pedí fuera estoica hasta el sufrimiento”, diría el director.

Algo semejante podría decirse de la Diana de Gales que Larraín dibuja con una fotografía de asombrosa belleza y largos primeros planos silenciosos. La mujer que pasa tres días navideños junto a su familia política, está a punto de derrumbarse a pedazos. De convertirse en trozos de lo que fue y su vida, en un recuerdo agrio que deberá consolar, ya sea con la indiferencia y el olvido. A principios de los noventa, Diana estaba a punto de encender un punto luminoso de fama que la convertiría en una figura por derecho propio. En una celebridad sin otro mérito que resistir los embates de un matrimonio infeliz y un protocolo violento que la sujetaba —o intentó hacerlo— en los momentos más duros de su vida. Esta fábula que también es tragedia, anuncia el cuento de hadas roto, pero a la vez, el hecho de ese ojo atento del mundo público que Diana utilizó como arma para vengarse del marido infiel, la suegra indiferente, el sufrimiento que todos ignoraron a pesar de ser inevitable.

Larraín utiliza símbolos singulares para expresar el agotamiento y el horror claustrofóbico de Diana. El espectro de María Bolena (Amy Manson), la exesposa de Enrique VIII, se pasea de un lado a otro. Diana huye del destino de todas princesas británicas —“ser víctimas o datos históricos” se burla— y trata de encontrar en sus hijos William (Jack Nielen) y Harry (Freddie Spry) un espacio de silencio, consuelo o incluso, una reasignación del significado de su atípica maternidad. Pero Diana está ansiosa, deprimida, aterrorizada. Se derrumba con lentitud y Larraín, la contempla a la distancia, le permite un vigoroso diálogo interno.

Diana no sabe que a menos de una década de distancia le espera una popularidad que opacará a la familia que ahora la ignora. Tampoco que morirá y será recordada por sus hijos y esposas como una metáfora de dulce tragedia: la mujer silenciosa, agotada y derrotada por las circunstancias que pasea entre la futura cena familiar, aplastada por el peso de una corona que no lleva y una relación que le enclaustra en el dolor.

Larraín, maravillado por los detalles de su heroína herida, enfoca la cámara hacia su rostro. Y de la misma manera que la Jackie de Portman, la Diana de «Stewart» se derrumba de angustia, pero mantiene el rostro firme, nítido. Un mapa de horrores diminutos que se agrieta bajo el tiempo, la belleza pérdida y la búsqueda de un significado que jamás llegó a obtener del todo.

Al final, Diana de Gales sobrevivió a su fatídica última navidad en familia. Y la película mostró la cerradura de la puerta reluciente que mantenía a la princesa atrapada. ¿Busca Larraín una forma de expresar una idea caótica sobre el dolor de las grandes mujeres de la historia reciente? La película no lo aclara, pero algo es evidente. El poder de las tragedias sigue siendo inmune al tiempo. Si Jackie Kennedy lloró la muerte de su marido y un futuro irrecuperable, Diana también. Solo que en su caso y quizás sin saberlo, derramó lágrimas por el futuro roto que no sabía que la esperaba unos años después. El punto oscuro y casi tétrico, que «Spencer» retrata en toda su crudeza.