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Opinión | ¿Cuándo nos volvemos xenófobos?

La xenofobia, lejos de lo que mucha gente piensa, no nace con nosotros. Váyase a un parque de niños de 1 a 3 años y vea cómo juegan entre ellos. No importa el color de su piel, ni su aspecto físico, ni su nacionalidad: juegan en cualquier idioma. La xenofobia es un prejuicio instalado en el hogar, como la mayoría de los prejuicios.

Recuerdo una historia que me sacudió hace años, de un amigo que tiene un hijo especial y tenía una piñata para él. Su otro hijo, un niño “normal” y brillante, invitó a su mejor amigo. La mañana del día de la piñata, se lo recordó: “esta tarde es la fiesta de mi hermano”. La respuesta del amiguito lo partió en dos: “yo no voy a fiestas de mongólicos”. Esa frase fue una simple repetición de lo que escuchaba en su casa. Sus padres, amigos de los padres que ofrecían la fiesta, no tenían siquiera consideración con sus “amigos”. Se burlaban del niño tan abiertamente que su hijo repitió lo que ellos decían.

Con la xenofobia ocurre exactamente lo mismo. Se instala desde los prejuicios de los adultos. Si los padres se burlan, sus hijos se burlarán. Si los padres discriminan, los hijos discriminarán. Si los padres son intolerantes, los hijos no tolerarán. Si los padres son racistas, los hijos discriminarán por el color de la piel de sus congéneres.

En Venezuela, quizás por nuestra historia de Capitanía General pobre entregada a los Welser, unos banqueros alemanes con quienes Carlos V tenía grandes deudas, nos acostumbramos a que aquí llegaba toda clase de gente y nos mezclábamos. La xenofobia, por fortuna, no es uno de nuestros defectos. Por supuesto que habrá racistas y xenófobos, como en todas partes, pero son una minoría. Aquí el ascenso social es meramente económico: a quien tiene dinero se le abren todas las puertas, no importa su nacionalidad o el tono de su piel. (Y muchas veces tampoco importa la procedencia de su dinero, algo que habrá que corregir si queremos salir de esto, pero no es el tema de este artículo).

No así en el resto de América Latina, donde sí existen marcadas diferencias sociales. En particular, en Perú y México. Hay odio de clases en ambas direcciones. Los blancos –descendientes de la nobleza de los virreinatos- aún a estas alturas del siglo XXI, siguen sintiendo que son los elegidos y que el resto –y me perdonan la expresión- es pupú de perro. De esa manera, por ejemplo, las nanas deben soportar que los niños blancos las pateen, porque son “mexicanas” o “cholas”, una suerte de raza inferior. Y esa “raza inferior” detesta a los blancos porque desde la época de la Conquista fue subyugada. Entonces, en una sociedad donde existen dominadores y dominados, superiores e inferiores, es muy fácil que crezca el virus de la xenofobia, aunque sean compatriotas, porque se sienten tan distintos como si fueran pueblos diferentes. Si entre ellos se detestan… ¿qué queda para los extranjeros?…

Un estupendo video de la periodista peruana Rosa María Palacios da cuenta de cómo la xenofobia es utilizada por los gobiernos cuando quieren distraer la opinión pública y dirigirla hacia donde ellos quieren. Y en lugares proclives a que eso suceda, es una bomba de tiempo. La propaganda, como aseveraba Goebbels, es poderosa. Repite una mentira mil veces hasta que se convierta en una verdad incontrovertible. Y a la luz de los últimos sucesos en Perú, donde pasan por la crisis política más severa de los últimos años, no es de extrañar que busquen a un chivo expiatorio: los venezolanos.

En el siglo XXI seguimos repitiendo conductas atávicas de siglos y hasta milenios anteriores. El genoma humano demostró sin algún género de dudas que los seres humanos somos idénticos en un 99,8%. ¿Por qué en vez de buscar lo que nos une insistimos en ahondar en las diferencias?