Niños venezolanos atraviesan 5 países y un desierto para ver a sus padres

La imposibilidad de obtener una visa por parte del gobierno chileno, que les permita encontrarse con sus familiares, provoca que decenas de niños venezolanos atraviesen cinco países y el desierto de Atacama para lograr el ansiado abrazo. Viven una epopeya similar a la de Marco, el del cuento italiano Los Apeninos a Los Andes. La diferencia es que esta es real

Niños venezolanos atraviesan 5 países y un desierto para ver a sus padres

De la mano de su padre, Julio, de 11 años, llega al norte de Chile tras completar una travesía arriesgada que arrancó en Venezuela y le llevó por cinco países de Sudamérica. Está cansado y asustado, como decenas de niños venezolanos que cruzan a diario la frontera en busca de refugio.

«Yo lo que quiero es ver a mi mamá y llegar ya», dice tímido Julio, que acaba de cruzar a Chile junto a su padre en Colchane, en la frontera con Bolivia, en pleno altiplano.

Por delante tienen el desierto de Atacama. Más de 100.000 kilómetros cuadrados de suelo árido. Es una tierra yerma de 1.600 km de largo y hasta 180 km de ancho.

niños venezolanos

Vista aérea de la vía entre Colchane i Iquique. A un lado de la carretera caminan migrantes venezolanos. Foto MARTIN BERNETTI / AFP

La historia de Julio es la de cientos de pequeños que duermen a la intemperie en terminales de buses o en rutas sin fin entre Antofagasta, Colchane, Iquique y Arica, constataron periodistas de la AFP en un gran recorrido por la región.

«No veo a mi mamá desde que tengo cinco años. Hasta ahora solo por videollamadas», dice Julio, con frío y sed. Lleva 12 días de un viaje «lleno de sustos». Padre e hijo salieron de Caracas con más recursos que otros migrantes, lo que les permitió viajar en autobuses hasta Bolivia a un costo de 1.400 dólares.

Pero aún les faltan casi 2.000 km para llegar hasta Karina Alvarado, la madre del niño que sigue sus pasos nerviosa desde Santiago. Ella piensa enviarles dinero un par de veces más, para que puedan completar la travesía.

Benjamín y Bethoven

Niños y adultos caminan por pueblos y carreteras con bolsos al hombro, la mayoría con bebés en brazos y otros con mascotas.

«Le llevo el niño a la mamá a Santiago.  Vamos con nuestro compañero Beethoven», dice Jesús Ruiz, que viaja con Benjamín, de 10 años. Beethoven es un perro grande, su «gran compañero de vida», dice Jesús.

Chile es el tercer destino de la región de los 5,5 millones de personas que han partido de Venezuela, sumida en la mayor crisis política y económica de su historia moderna, el segundo éxodo actual más importante del mundo después del sirio. El país ha recibido a 460.000 venezolanos, una cifra solo superada por Colombia y Perú, con 1,8 y 1,1 millones respectivamente, según Acnur.

El llanto de Aliegnis

En otro tramo del desierto, una familia de Maracaibo con dos niños de 7 y 5 años y un bebé de dos meses, camina al borde de una ruta en la zona industrial La Negra de Antofagasta.

Hace mucho calor y hay pequeños tornados de arena. Un camión se detiene y acepta llevarlos hasta Coquimbo, 862 km al sur.

«Lo único que sé es que son gente como usted y como yo. Yo los veo con sus bebés y pienso en el mío», dice a la AFP el camionero que ofrece la ayuda a pesar de que, según las leyes chilenas, puede ser juzgado por ello.

González Morales explica que las familias venezolanas «huyen de una grave crisis humanitaria» y asegura que es «imprescindible brindarles protección internacional».

En la población fronteriza de Arica está Aliegnis, de 10 años. Viaja con su mamá. No tiene tanta «suerte» como la familia de Maracaibo y permanece en un campamento improvisado, con otros cinco venezolanos.

Migrantes venezolanos en Iquique, en la frontera chilena con Bolivia. Foto MARTIN BERNETTI / AFP

Cae la noche y una patrulla los detecta. Bajo los focos del vehículo, los migrantes quedan paralizados. Se abrazan. Muestran pánico. Aliegnis se aferra a su mamá, rompe en llanto y suplica a los carabineros que la dejen entrar a Chile.

Una carpa prestada

El 25 de septiembre, un grupo de chilenos en Iquique protestaron contra migrantes venezolanos instalados en un espacio público. Les quemaron su ropa, juguetes, cobijas y tiendas de campaña donadas por organizaciones locales y vecinos.

«Hechos de esta naturaleza no surgen por generación espontánea. Los alimenta el discurso que asimila migración a delincuencia, criminalizando a los migrantes a ojos de la población local», advierte el relator especial de la ONU sobre los derechos humanos de los migrantes, Felipe González Morales.

«Por unos pocos dañados no deberían juzgar a todo un país», dice Jenny Pantoja, de 34 años. Ella espera una ayuda que le prometió un grupo de vecinos en Iquique para viajar a Santiago con sus cinco hijos, un nieto, el padre de los niños y un yerno.

El camino es largo, árido y frío, con temperaturas de -3 grados. Muchos caminan con bebés. Foto MARTIN BERNETTI / AFP

«Le agradecemos a Carabineros en la frontera porque nos prestaron una carpa para dormir. En realidad ellos están haciendo un trabajo muy bueno con los venezolanos. Que Dios los bendiga», dice sobre la policía chilena.

«Dame agua, por favor»

Una barricada con piedras bloquea una parte de la ruta desde Colchane a Iquique. «Dame agua, por favor», suelta uno de los jóvenes a los periodistas. Son doce y todos piden ayuda. Intentan subir por la fuerza a los camiones que pasan.

Cerca del paso fronterizo en el altiplano, Gregory, un vendedor de 26 años y otros nueve venezolanos, más jóvenes que él y que se conocieron en la ruta desde que salieron de Venezuela, pasaron la noche alrededor de una fogata para enfrentar el frío de -3ºC a 4.000 metros de altura.

La policía también se sensibiliza

En el hito fronterizo con Bolivia, el cabo Sánchez luce estoico en su guardia pero se quiebra al describir «esos días duros, en que llegan mujeres con muy poco y con recién nacidos con frío».

Casi un kilómetro más adelante un oficial de Carabineros saluda entusiasta a un grupo de migrantes: «¿Cómo están? ¿Mejor el ánimo para hoy?». Les dicta los procedimientos para registrarlos, darles bebida caliente, comida donada y albergarlos en refugios.

Algunos vienen directo desde Venezuela, pero muchos vivían en Colombia, Ecuador o Perú. Todos quieren trabajar en Chile, donde aseguran que hay más trabajo y se vive mejor.

En Arica, límite con Perú, el mayor de Carabineros Patricio Aguayo explica en un patrullaje fronterizo que buscan interceptar traficantes de personas, y que su misión es resguardar a los migrantes y darles apoyo.

 

 

 

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