“Ghostbusters: Afterlife”: todos somos Cazafantasmas

La película de Jason Reitman es una caja de nostalgia. Y lo es sin vergüenza ni disimulo. Luego del fracaso estrepitoso en crítica y público del reboot/remake con un elenco femenino del 2016, la posibilidad de traer a la famosa franquicia de los ochenta a la actualidad, se convirtió en un gran reto que parece haber encontrado a su campeón precisamente en el hijo del director de la entrega original

“Ghostbusters: Afterlife”: todos somos Cazafantasmas

Jurgen Muller cuenta en el libro Lo mejor del cine de los 80 (Taschen) que el director Ivan Reitman supo que la película “Ghostbusters” (1984) sería un éxito, cuando rodó una escena en plena ciudad de Nueva York y una multitud de neoyorquinos siguió al trío de actores disfrazados batiendo palmas. Reitman comentó que si había logrado despertar el interés de los fríos y distantes habitantes de la ciudad, lo haría con cualquiera. Y el tiempo le daría la razón.

Eso, a pesar de que la película, protagonizada por cuatro comediantes de éxito local en una década especialmente complicada para el standup, no fue pensada como un film trascendente. Mucho menos como uno que pudiera considerarse de culto. Pero la combinación de desenfado, originalidad y frescura convirtieron un experimento argumental —el guion se reescribía a diario y Dan Aykroyd ha confesado en más de una ocasión que la mayoría de los diálogos fueron improvisados— en un éxito que sorprendió a propios y extraños.

Vestidos con uniformes de exterminadores de ratas Bill Murray, Dan Aykroyd y Harold Ramis crearon un ambiente de peculiar comicidad que logró brindar a la película un tono único que la consagró. Hasta hace menos de una década seguía considerándose la comedia de mayor éxito taquillero y quizás, la única que había logrado demoler varios de los mitos más queridos de la cultura cinematográfica y televisiva estadounidense. Entre ellos, la posibilidad de que el humor cómplice, cínico y casi local de SNL (la escuela de la que provenía el elenco), pudiera tener repercusión más allá de la pantalla chica y su público natural.

Jason Reitman se enfrenta a un conflicto similar en “Ghostbusters: Afterlife” (2021), en la que intenta reverdecer el mito de la saga de los ochenta, ignorando por completo el fracaso de Paul Feig en el 2016. La película de Reitman (una combinación simple, edulcorada pero conmovedora y con un nuevo filón de la historia original), tiene toda la intención de convertir a la duología que le precedió en una caja de nostalgia. En el origen amable de un argumento que pretende ser más elaborado que la vieja premisa de cuatro amigos que se enfrentan como pueden y entre bromas irónicas, a un misterio de considerable envergadura.

Por supuesto, aprendida la lección, Reitman no comete el error de tocar los puntos sensibles de la saga y va directo a los más importantes. El universo de los cazafantasmas de Nueva York está presente en cada escena y también, en la manera en que Reitman celebra con mano sensible lo que es un fenómeno generacional. Todo en “Ghostbusters: Afterlife” está relacionado de forma directa y consciente con el hecho estructural de recordar de dónde proviene.

Si la versión Feige rompió con el paradigma de enaltecer los buenos recuerdos en favor de una premisa novedosa, Reitman evade las trampas y recorre un camino más sencillo. No hay disimulo alguno en el homenaje, en la amorosa atención del guion (también escrito por Jason Reitman junto a Gil Kenan), en rememorar el largo camino que atravesó lo que fue una historia experimental para convertirse en un fenómeno generacional.

Con el actor Paul Rudd a la cabeza y un elenco juvenil que recuerda de manera inevitable al éxito de Netflix “Stranger Things” (serie y película comparten incluso intérpretes), “Ghostbusters: Afterlife” es una mirada discreta y bien construida a los motivos por los cuales la memoria colectiva recuerda algunas películas, mientras que deplora de otras. También es un tributo a los niños que crecieron llevando disfraces de los personajes originales y a los adultos que disfrutan de sus reposiciones en streaming. “Ghostbusters: Afterlife” no podría existir sin la conexión emocional que establece con la audiencia.

No sólo es una secuela —que lo es— o un reboot. En realidad, es un compendio de ambas cosas, que entrelaza dos cuestiones obvias. Por un lado, la película mira a los cazafantasmas originales desde un brillo esencial. Cada detalle procede de asumir que el público conoce bien la mitología original y encontrará los homenajes en todas las escenas que los contienen. Por otro, está la convicción de que “Ghostbusters: Afterlife” es un derivado, un recorrido familiar por personajes que formaron parte del imaginario colectivo por décadas.

Jason Reitman parte de esa percepción de un todo amplio y generoso sobre la duología de los ochenta, y comentó durante la producción que su intención era “celebrar un legado”. ¿Y cuál es esa herencia? No solo la de un argumento que se amplía hacia hijos, nietos y un secreto familiar al fondo de un sótano. También está la idea de que “Los cazafantasmas”, se vinculan a cierta emoción nostálgica en estado puro que abarca a casi cuatro generaciones.

A medida que la película avanza y celebra esa visión de un todo unificado en rostros conocidos, objetos memorables y giros argumentales que conmoverán a los más fanáticos, es obvio que la intención se cumple.

Un abuelo misterioso

Para la gran mayoría de los niños que crecieron durante la década de los ochenta, “Ghostbuster” fue su primera experiencia en cines. Una salvedad que la convirtió en parte de ese tipo de elementos que definen a la cultura pop como símbolo emocional. No obstante, más allá de eso, la película de Ivan Reitman también fue una reformulación de clichés comerciales de enorme éxito.

No es casual que fuera un éxito en plena década del triunfo superficial y el mercadeo destinado a demostrar la prosperidad económica. Con su estética de cartón piedra y su humor profano, “Ghostbuster” decodificó el momento social que la vio nacer con una facilidad que aun hoy sorprende por su poco artificio. Pero más que eso, capturó un tipo de ánimo ligero, con cierta sustanciosa condición de emblema. Para la historia, quedó la imagen de los cuatro héroes improbables, atravesando la ciudad. O El “Hombre de Malvavisco”, burlándose de cualquier convención sobre villanos o monstruos. Había una visión desprejuiciada e inocente sobre la búsqueda del bien y del mal, de los héroes falibles y de la ciudad como un personaje atento que contemplaba la más irrisoria —e improbable— de las épicas.

“Ghostbusters: Afterlife” comienza con una promesa que se sostiene sobre esa idea frágil de ingenuidad. El film contará qué ocurrió después de que los fantasmas (como lo imaginó la duología), dejaron de ser importantes. O de existir, en todo caso. La metáfora es obvia e ingeniosa.

En la historia imaginada por Reitman, los espectros y amenazas sobrenaturales son cosa del pasado. También, las figuras de “Los cazafantasmas”. De hecho, Trevor (Finn Wolfhard), el miembro más joven de la familia Spengler, no tiene mucha idea de su legado o de lo que encontrará cuando deba mudarse junto a su madre Callie (Carrie Coon) y su hermana Phoebe (Mckenna Grace) a la granja del abuelo fallecido, Egon. La película juega con propiedad con la idea de la añoranza, de los tesoros perdidos. Basa su efectividad en la premisa básica de que el público en la butaca recordará esa primera ocasión en el cine o en la cinta de VHS. En la alegría desordenada de una película que no estaba destinada a ser un éxito, pero que lo fue y lo sigue siendo.

De modo que el homenaje comienza de inmediato. Egon (que en la versión original fue interpretado por el difunto Harold Ramis), es una presencia que va de un lado a otro, invisible pero elocuente. También lo son el resto del equipo, cuya presencia es más obvia a medida que la trama avanza.

La película gira sobre su eje e integra uno a uno a todos los símbolos del film original. Pero también hace partícipes a la audiencia de esa herencia que comparten, de esa visión general sobre “Ghostbuster” como un legado amable. Desde los guiños a los antiguos monstruos, los cameos conmovedores e incluso, el drama sobrecargado de momentos emotivos, “Ghostbusters: Afterlife” desea dejar en claro un punto: la duología original pertenece a quienes la amaron y todavía la recuerdan. Y para ellos, es esta carta de amor simple, rudimentaria y por momentos con un exagerado subrayado en la nostalgia creada a su medida.

Es evidente que Jason Reitman siente una responsabilidad moral con la película que dirige. Lo deja claro cuando los verdaderos protagonistas de la historia llegan finalmente. O, a medida que muestra y especula acerca de todos los pequeños detalles de una trama destinada a mayor gloria de la duología original. Incluso en sus momentos más disparatados (y hay una serie de ellos), la película permanece compacta, sólida y con propósito. Esta es una película de un fanático para fanáticos.

La película original del 1984 fue descrita en más de una crítica como un filme sobre un club de chicos. Después de todo, el guión no se molesta en analizar sobre las vidas y circunstancias de los personajes centrales sino en dejar bien claro que son buenos amigos. Hay mucho de esa percepción en “Ghostbusters: Afterlife”, pero en esta ocasión el club de los buenos amigos se extiende fuera de la pantalla hasta la butaca de cine. Todos estamos invitados porque esta vez la aventura incluye a todos los fanáticos.