Fábulas políticas en esta Venezuela de marchas y redes sociales

Quienes usan redes sociales en estos días necesitan hacer acopio de una paciencia directamente proporcional a la atención que les prestan. Cuando todos los pajaritos arrancan a trinar al mismo tiempo y en direcciones contrarias, ni los saludables botones “dejar de seguir”, “block” y “spam” pueden hacer retornar la paz a nuestra alma.

Fábulas políticas en esta Venezuela de marchas y redes sociales

La política venezolana tiene en Twitter tribus consistentes y homogéneas: los que odian a Capriles, los que aman a María Corina, los amantes de la guarimba, los pesimistas a juro, los consecuentes retuiteadores de LC, Del Búfalo o Binario. En el guirigay tuitero hay contenidos reincidentes. En ellos hay mitos.
La más extraña de todas las fábulas políticas venezolanas es que el tamaño de las marchas demuestra algo. Una y otra vez se ha comprobado que esa idea no vale nada (marchas llenas de autobuses o vaciadas por la guarimba que aplica el Metro), por lo que es raro que nos haya entrampado por cuatro lustros y contando.
En tiempos de la verdadera Globovisión hacíamos torneos de marchas, ahora tratamos de batir el récord de la semana pasada. Y si no lo logramos (porque es miércoles en la tarde, llueve y hay guarimbas) es que “la calle se está perdiendo”. Pero si la concentración es descomunal, siempre oímos “él tiene que irse ¿no ve que somos que jode, manita?”
Nadie aceptaría una “democracia” que funcionara así. Las marchas no demuestran nada. Muestran, visibilizan, activan, pero muy difícilmente tumban dictaduras.
Un corolario de esta demencia es que si la marcha llega a Miraflores, la tiranía hace «game over». Es como si estuviéramos jugando ludo y metiéramos todas las fichas en la casa.
Yo creo que este fetiche tiene su origen en una aproximación infantil a lo ocurrido el 23 de enero. Lo raro es que la idea delirante no suele venir de muchachitos imberbes, sino de adultos que vivieron el 11 de abril.
Otra fábula marchística de Esopo es que como nosotros somos muchos y los guardias son menos, con un poco de coraje lograríamos romper el cerco militar (y, de nuevo, llegar a Miraflores con un pocote de gente).
La teoría del cerco ni voy a discutirla, porque la opinión general sobre este tema ha variado un poco a fuerza de lacrimógenas.
Ideas rarísimas son exigir la partida de nacimiento, hacer valer la destitución del presidente por la Asamblea Nacional (AN) o decretar un nuevo TSJ. Quienes las proponen reconocen que el gobierno viola todas las normas escritas desde que Dios entregó las Tablas de la Ley, y que además tiene muchos militares y paramilitares, y que son malos.
¿Será que la partida de nacimiento es un hechizo poderosísimo que inhabilita toda trapacería?, como una maldición expeliarmus (J.K. Rowling dixit). En lo personal, yo no logro imaginar a Maduro diciendo: “¡Qué pena con ustedes! Sí, nací en Colombia. Vamos a elecciones”, ni a Padrino invitándolo a salir.
Entre los animales mitológicos están los ornitorrincos que se dicen demócratas pero rechazan todas las elecciones. Yo entiendo que el CNE ya ni finge y comprendo la indignación que genera, pero no digiero la posición axiomática de los palmípedos, que niegan incluso algo que a mí me parece muy obvio: fue bueno para la oposición ganar las elecciones de la Asamblea Nacional.
Una fábula que merece un aparte es la del 350, que es como el lago donde Tántalo cumplía su condena: cuando trataba de beber agua, el lago desaparecía, aunque aún lo rodeaba. Los «350’s lovers» viven entre marchas, plantones, cacerolazos, pronunciamientos, boicots, huelgas de facto y guarimbas (barricadas), pero aún exigen una declaratoria de desobediencia. Muchachos: esto es el 350.
Como en todo país, aquí pululan los cultores de la «conspiranoia», para los cuales todo lo que está pasando ha sido planificando desde hace años entre Borges y Maduro. En este grupo se cuentan los que indefectiblemente culpan a los políticos opositores de venderse: son mercancía tanto cuando ganan como cuando pierden. El «e-bay» de la Asamblea.
Por último, el más complicado y peligroso de todos los mitos es el de la “calle sin retorno”, que generalmente es un sinónimo no explícito de «Guarimbazuela», un país donde nadie sale de su casa, las ambulancias no circulan y la comida no llega: así como una fiesta de cumpleaños para un tirano.
Todas estas fábulas cubren nuestra necesidad de dar explicaciones simples a un escenario inédito y recontra-complicado, y todas buscan resguardarnos en nuestra confortable cuevita de lo conocido. Estas ideas se entreveran entre sí en formas muy exóticas y se aderezan con grandes cantidades de arrogancia, que impide reconocerle hasta el más mínimo éxito a la dirigencia opositora, que además de concertar entre sí y adversar al totalitarismo, también se ve obligada a surfear entre las aguas de las regresiones de su audiencia (sí: como las regresiones psicológicas a etapas infantiles).
Si no acallamos un poco nuestra paranoia y nuestras compulsiones reduccionistas, le echamos un yunque a este proceso, que ha avanzado ya hasta donde nunca antes estuvo.
Al fin y al cabo ¿cuál es la meta, tener razón o salir de esto?]]>

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