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Cuarentena desde Madrid: Contagiada hasta que se demuestre lo contrario

Aunque Andrea Tavares presentó casi todos los síntomas de la Covid-19, el colapso del sistema sanitario español le impide la certeza de una prueba para confirmar la infección. Es un “posible positivo”. La joven venezolana está en cuarentena, viendo la soledad y el silencio de Madrid desde el balcón

Primero vino el dolor de cabeza.

Era viernes y Andrea Tavares tenía que ir a trabajar, como todos los otros días, en una residencia de ancianos. Se paró temprano, se vistió y tomó las tres líneas del metro de Madrid para llegar al centro. Aunque no se sentía del todo bien, alejó la idea de un manotazo. Cansancio, esto debe ser cansancio…

El sábado llegó la fiebre.

O eso que creyó que era fiebre porque no tenía termómetro en casa para confirmarlo. De lo que sí estaba segura era de que su temperatura corporal no era la habitual. Ella misma se recetó el analgésico, cada seis horas. Antes de volver a tomar la pastilla, el calor volvía a aparecer.

Ya el domingo le costaba respirar.

Mientras espera sentirse mejor, Andrea sale todas las noches a las 8 a su balcón a aplaudir a los médicos, enfermeras, a todos los que están saliendo a trabajar

Si caminaba un poquito, inhalar y exhalar se le dificultaba. Algo mínimo, pero lo notaba. Raro porque Andrea está acostumbrada a hacer ejercicios y tiene una buena capacidad respiratoria. Pero las fuerzas no eran las mismas. Estaba desanimada. ¿Coronavirus? No había tos, solo fiebre. Y esa pesadez.

El lunes fue al centro de salud.

Andrea se puso su tapabocas. Si era lo que sospechaba, no quería arriesgarse a esparcir el virus por el camino. Esperaba encontrar a un gentío, pero se sorprendió cuando vio que estaba vacío: a todas las personas que llegaban con la sintomatología propia del coronavirus los regresaban a sus hogares.

Madrid

La Gran Vía permanece vacía. Foto: AFP

Los médicos llevaban guantes, guardaban la distancia recomendada y se limitaban a anotar los datos de los indispuestos. Las consultas se hacían vía telefónica.

Ya en casa, el mismo día, su doctora de cabecera la llamó. Le hizo varias preguntas: “¿Tienes fiebre, sí o no? ¿Tienes tos seca, sí o no? ¿Tienes dificultad para respirar, sí o no? ¿Cuántos años tienes?”.

No hubo pruebas ni tests rápidos. El diagnóstico se basó en criterios médicos. “Sí, tienes todos los síntomas, menos la tos, para un posible coronavirus. Eres, hasta que se demuestre lo contrario, Covid-19 positivo”.

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Andrea Tavares llegó a Madrid el 20 de marzo de 2018. Emigró luego de graduarse como médico cirujano en la Universidad Central de Venezuela (UCV) y emigró con intenciones de conseguir una plaza en el Sistema Nacional de Salud de España. Para eso, la joven de 26 años pasó meses estudiando para el examen MIR (Médico Interno Residente).

Al principio no tuvo mucha suerte cuando intentó ingresar en el mundo laboral. Llevaba más de un mes buscando trabajo como médico. Pero lo que encontraba era en las afueras de Madrid y alguien sin vehículo, como ella, no les convenía a los empleadores.

Desde su balcón en un segundo piso de un apartamento de Madrid, a modo de consuelo, Andrea todavía se puede tomar el café de la tarde: “Por lo menos”.

De un día para otro la llamaron para una suplencia en una residencia para atender a ancianos con Alzheimer: iba a cubrir el puesto de una doctora que era un posible caso de coronavirus.

Empezó el 9 de marzo. Le tocaba el turno diurno, de 8:30 de la mañana hasta las 3:30 de la tarde, de lunes a viernes. Hacía de todo un poco porque atendía a ancianos pluripatológicos, personas con posibilidad de presentar varias enfermedades. Andrea se encargaba de prestar atención a cualquier eventualidad, de velar porque todos estuvieran bien y de llevar el control de aquellos que estuvieran teniendo sintomatologías respiratorias.

El viernes 13, la misma semana en la que empezó a trabajar, le dieron la noticia de que tres ancianos de la residencia habían resultado positivo para la prueba del Covid-19. Alarma: Andrea tuvo contacto estrecho con uno de los señores, a quien había atendido dos veces en la semana tras haber tenido que referirlo a un hospital por problemas al respirar.

El mismo viernes 13 ella se empezó a sentir mal.

Madrid

Una mujer cruza la usualmente concurrida avenida La Castellana en Madrid. Foto: AFP

Los doctores que atendieron a Andrea le recetaron analgésicos y le indicaron que estuviera pendiente de la evolución de sus síntomas. Si presentaba dificultad respiratoria, debía salir de casa.

Así que Andrea solo trabajó cinco días en el primer empleo conseguido desde que había dejado Venezuela. Y desde el lunes 16 está en cuarentena por 14 días por ser un posible caso de coronavirus.

Andrea está hecha a la medida de Madrid, la ciudad que ahora llama hogar: no se detiene. No es persona de estar en la casa.

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El primer caso de coronavirus en España fue confirmado el 1 de febrero de 2020; el primer fallecido se conoció el 3 de marzo. Hasta la fecha, las cifras son de casi 30 mil infectados y 1.813 fallecidos, convirtiéndose en el segundo país con los números más alto del continente, solo por debajo de Italia. La Covid-19, nacida en la ciudad china de Wuhan y declarada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como una pandemia, ha sobrepasado los 330 mil casos y los 14.500 fallecidos en más de 150 países.

En la Comunidad de Madrid se concentra la mayor cantidad de positivos con coronavirus de toda España: 7.165. ¿Andrea está en esa estadística? No, porque no le hicieron la prueba.

Una de las recomendaciones de la OMS para aplanar la curva de contagio y frenar la propagación del coronavirus es cumplir con el distanciamiento social, el aislamiento, evitar el contacto con otros. Mientras en Italia morían cientos de personas cada día, España se lo tomaba con calma a pesar de los números de afectados que no paraban de subir. Los días pasaban y los infectados se duplicaban. En las calles, poco a poco también crecía la preocupación. Y la pregunta constante de “¿para cuándo las medidas?”.

“A mí me parecía una irresponsabilidad ir a trabajar con la población en riesgo siendo yo un posible caso”.

Para Andrea Tavares, los pronunciamientos y las prevenciones llegaron demasiado tarde. El 14 de marzo, tras una reunión del Consejo de Ministros, el presidente Pedro Sánchez decretó estado de alarma en el país con la finalidad de frenar la propagación del coronavirus. La medida, una de las excepciones contemplada en la Constitución española, restringe la libertad de movimiento de más de 47 millones de personas por 15 días, que prolongaron por 15 días más hasta el 11 de abril.

Cerrados los museos, hoteles, sitios deportivos, colegios. Las personas solo pueden salir de casa para trabajar, adquirir alimentos o medicamentos. La orden se está cumpliendo: para los infractores hay multas y van 315 detenidos por circular por las calles sin justificación.

Madrid

Estación del Metro de Madrid.

Pero ya la ciudad se estaba empezando a vaciar poco a poco antes del decreto. Andrea lo notaba. Madrid ya era otra: estaba vacía, silenciosa. En su semana laboral caminó casi sola, a su alrededor no había mucha compañía. La soledad en el transporte público, al que siempre encontraba repleto de gente y más en eso que se conoce como “hora pico”, le impactó. Ese primer lunes de trabajo viajó sentada.

“La gente se está tomando la cosa en serio”, pensó.

Cuando los días siguientes comenzó a presentar algunos de los síntomas de coronavirus, llamó a la directora de la residencia de ancianos para informarle de su situación. “Si el lunes me sigo sintiendo mal, voy a ir al médico”. La respuesta al otro lado de la línea telefónica fue de comprensión.

En Madrid se concentra la mayor cantidad de positivos con coronavirus de toda España: 7.165. ¿Andrea está en esa estadística? No lo sabe.

El lunes 16 faltó a su trabajo. Fue al centro de salud en busca de certezas a la molestia que sentía y por un reposo, lo que los españoles llaman baja médica. Lo hizo, además, por estar en estrecho contacto con población vulnerable: los viejitos. “A mí me parecía una irresponsabilidad ir a trabajar con la población en riesgo siendo yo un posible caso”.

Hasta la fecha, Andrea todavía no sabe si tiene coronavirus. Eso presume, pero no tiene la certeza. Lo tiene “hasta que se demuestre lo contrario”.

Demostrarlo no es tan sencillo: el sistema sanitario español colapsó y algunas comunidades tomaron la decisión de parar las pruebas en casos sospechosos con síntomas leves. Entre ellos, Andrea, quien sigue en el limbo como un “posible caso”, no confirmado.

80% de los infectados serán de este tipo, según la OMS. Casos sectorizados que ni siquiera son tomados en cuenta en los registros oficiales del Ministerio de Sanidad de España.

Supermercado en Madrid.

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Andrea está hecha a la medida de Madrid, la ciudad que ahora llama hogar: no se detiene. Le gusta estar fuera de su vivienda, recorrer las calles, ir al gimnasio, comerse un dulcito en el café que tiene cerca. No es persona de estar en la casa.

En el contador de pasos que tiene en su celular fija, cada día, 10 mil y en ocasiones llega a los 18 mil. Desde su cuarentena prefiere ni pensar en las pocas pisadas que ha dado en los metros cuadrados de su apartamento. Dice que está a punto de trepar las paredes.

Desde su balcón en un segundo piso de un apartamento de Madrid, a modo de consuelo, todavía se puede tomar el café de la tarde: “Por lo menos”.

La misma semana en la que empezó a trabajar le dieron la noticia de que tres ancianos de la residencia habían resultado positivo para la prueba del Covid-19

Sentada allí ve una Madrid distinta a la que le gusta. Una en la que ya no hay carros transitando las avenidas, donde no hay bulla ni gente caminando. Las pocas personas que pasan van caminando rápido, sin mirar a los lados, con bolsas del mercado. Los bares de su cuadra tienen la santamaría abajo, al igual que el centro de yoga y la barbería. Solo la farmacia permanece abierta.

Todo está más tranquilo en Madrid. El silencio se impuso, el miedo a la pandemia también. Y algo que le ha llamado la atención: las calles están más limpias. Ya no hay quien las ensucie.

Las terrazas de los restaurantes permanecen cerradas en la generalmente abarrotada Plaza Mayor en el centro de Madrid. Foto: AFP

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Su próxima cita médica será también por teléfono. 10 días después de la primera, para evaluar su condición. Le dijeron que si se sentía mejor podían darle de alta para que volviera a trabajar y siguiera con su vida “normal”, atendiendo a los ancianos en la casa de cuidado.

Eso representó un dilema para Andrea. Por un lado, le emocionaba un poco la idea de dejar el aislamiento, volver a la calle y seguir sus labores como personal sanitario. Por otro, ¿y si seguía siendo un caso positivo de coronavirus y continuaba transmitiendo el virus, sobre todo a población vulnerable?

“No sé si es mejor volver o no volver. Si te dicen que eres coronavirus positivo, te quedas en tu casa porque si no, sabes que agravas la situación. Pero al no tener medios para que te hagan una prueba, quedas en el limbo”.

Esperaba encontrar a un gentío en el centro de salud, pero a todas las personas que llegaban con sintomatología del coronavirus los regresaban a sus hogares

Su doctora, quien la llamó el viernes para evaluarla, le quitó la disyuntiva: sin una prueba negativa no podrá volver a trabajar. Le toca quedarse en casa.

Dice estar tranquila, a pesar de la ansiedad y la incertidumbre de no saber el diagnóstico de su malestar y del encierro. “Llega un punto en el que necesitas algo más que ver tu casa”. El tema del coronavirus –que se replica en las noticias que ve en la televisión, en las redes sociales, en los grupos de sus amigos– a veces la abruma.

Ha tratado de rendir su tiempo en cuarentena con cursos por Internet, ejercicios en casa, viendo series, tomando sol en el balcón “si no hace frío”.

Andrea y la amiga con quien comparte departamento y –claro- síntomas, estudian para la próxima prueba del MIR, cocinan, meriendan en la terraza, ven la televisión. Antes de entrar en cuarentena hicieron compras en el supermercado: “Hicimos un mercado más o menos grandecito. No fue mercado de demencia, fue un mercado normal para que nos alcanzara por varios días”.

Vista desde el balcón de Andrea

Mientras espera sentirse mejor Andrea sale todas las noches a las 8 a su balcón a aplaudir a los médicos, enfermeras, a los trabajadores que día a día reponen los productos en los supermercados, a todos los que están saliendo a trabajar. Cuenta que es divertido, cada día pasa algo diferente, además de la ovación. Una noche, una señora empezó a gritar “Hola, Don Pepito” y los otros vecinos contestaron “Hola, Don José”. El jueves, cacerolearon las declaraciones del Rey.

Andrea ya conoce a sus vecinos, aunque a ninguno le ha estrechado la mano. Cada noche, cuando terminan los aplausos, se despiden: “Hasta luego, nos vemos mañana”.

Y así cada día, aunque sea de ventana a ventana, hasta que la cuarentena acabe. O hasta que logre saber si está “medio” contagiada o ya no. Hasta que, por fin, un día le hagan la prueba.