A Sofía Ímber

A Sofía Ímber

Para un concurso de popularidad no la busquen, pero como ejemplo  venezolano de dedicación al trabajo y vocación de excelencia, Sofía Imber es de lo mejor que podemos mostrar. Nació en Moldavia hija de un matrimonio judío. Siendo niñas ella y su hermana Lya, la eminente médico, su familia se mudó a nuestro país. Aquí crecieron, estudiaron, trabajaron y brillaron.

Es decir que como muchos otros venezolanos, Sofía  no nació aquí. Lo destaco por dos motivos válidos. Uno es que Venezuela se ha beneficiado de su condición de país abierto, así que esa es una seña de identidad nacional que hay que cuidar. El otro es que la nacionalidad de una persona tiene mucho más que ver con su vida y obra que con su lugar de nacimiento.  

Periodista orgullosa de un oficio que ejerció con seriedad, rigor, inteligencia y cultura. Era mujer con las ideas bien puestas. Sabía defenderlas y no temía jugársela por ellas, aún cuando no estuvieran de moda ni fueran del gusto mayoritario. Por ejemplo, fue enemiga jurada de las dictaduras, de cualquiera, de izquierda o de derecha. Carecía de ese daltonismo ideológico que se horroriza ante los desmanes de las tiranías que no le simpatizan, pero no es capaz de ver aquellos cometidos por los regímenes dictatoriales de signo contrario. Las causas de la libertad, los derechos humanos, la democracia y la dignidad humana, tuvieron en ella celosa guardiana.

Junto a Carlos Rangel, su marido durante buena parte de su vida, condujo el espacio televisivo Buenos Días, al cual fui invitado en varias oportunidades desde mis años ya remotos de dirigente juvenil. Aquella fue una cátedra de periodismo de alta calidad, nada complaciente pero siempre respetuosa con el entrevistado y el tema, preparado el cuestionario como para un examen final.

Entre las deudas de gratitud que tenemos los venezolanos con esta compatriota, está el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, cuya colección de lo mejor en pintura y escultura está a la cabeza en América Latina, y cuyo profesionalismo lo coloca a la altura de los mejores del mundo, con los que no es comparable en experiencia, recursos o magnitud.

Allí también se destacó la apertura intelectual e ideológica de esta mujer que sin ser fría o equidistante, sabía apreciar la valía de los creadores, aunque estuvieran en las antípodas de su pensamiento filosófico, político o social. Recuerdo las grandes exposiciones de nuestros Régulo Pérez y Jacobo Borges, así como su amistad y acogida, en el museo o en la televisión, a artistas como el maestro Pedro León Zapata o la voz limpia y potente de Soledad Bravo,  cada uno con su modo distinto de querer a Venezuela.

A Sofía pues, mi gratitud y mi homenaje.