La dictadura a la vuelta de la esquina

Largas colas para comprar alimentos escasos, racionamiento eléctrico, represión a disidentes y bloqueos de caminos electorales ponen los pelos de punta a quienes emigraron a Venezuela en busca de mejores oportunidades. Huyendo de dictaduras del siglo pasado, encuentran en el socialismo del siglo XXI un régimen híbrido, pero represor, que ya es más limonada que chicha

La dictadura a la vuelta de la esquina

Como calcado de un modelo existente, emigrantes que huyeron de regímenes autoritarios perciben cómo los horrores los escoltan nuevamente en Venezuela: escasez de productos de la cesta básica, cortes eléctricos y persecución política por pensar distinto al régimen de turno. Los padecimientos, que también son características de las dictaduras, se acumulan paulatinamente en la larga lista de problemas que aquejan a la sociedad venezolana actual, producto de la toma de decisiones políticas que distan de la democracia. Mientras la cotidianidad avanza, extranjeros y expertos se mantienen alertas a las constantes señales que indican un cambio de rumbo en el sistema democrático, cada vez más resquebrajado.

“Es como si estuviésemos viviéndolo como un sapo en el agua tibia, poquito a poco”, rememora Jorge Tomé de 66 años. Recuerda vívidamente cómo Fidel Castro nacionalizó las propiedades privadas a sus cortos dos años… ya en “revolución”. Así sucedió con un colegio privado del cual era socio su padre en el pueblo Ciego de Ávila, provincia de Camagüey, donde él y sus dos hermanos estudiaban la educación primaria. “Fue de la noche a la mañana. Un día llegó mi padre a abrir las puertas del colegio y se encontró con un miliciano en la puerta que le dijo ‘usted ya no es dueño de este colegio, no puede entrar aquí’. Nos quitaron hasta las cuentas bancarias. Nos quedamos sin nada, todo pasó a manos del Estado”, cuenta.

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Las intervenciones por parte del Estado se convirtieron en un hecho recurrente para Tomé, quien escapó de ellas y las encontró, desgraciadamente, en el país donde acumula 54 años viviendo. Aunque no se confiesa víctima de ellas, como lo fue en su país de nacimiento, ve con preocupación los atisbos autoritarios que coartan los derechos, que aparecieron con la llegada del fallecido expresidente Hugo Chávez. 1.243 intervenciones a la propiedad privada se dieron en Venezuela entre 2002 y 2012, de acuerdo con Conindustria. Empresas, locales comerciales, fincas, inmuebles residenciales, hasta estacionamientos se tomaron bajo el “¡exprópiese!” gritado por Chávez y aplaudido en su programa Aló Presidente en los inicios de su mandato.

Las expropiaciones de industrias cubanas y el consecuente bloqueo económico y político de Estados Unidos a la isla hicieron palpable el hambre. Siendo apenas un adolescente, presenciaba cómo su dieta se hacía cada vez más reducida, producto de la poca producción del país isleño. “Siempre me marcó mucho la escasez de alimentos. Cuando este señor se declaró comunista, inmediatamente comenzó a haber una carestía de alimentos impresionante y sacaron la cartilla de racionamiento. Las familias tenían unas cantidades de cada una de las cosas que comían”, cuenta Tomé.

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Al igual que él, su conciudadana Martha Maier recuerda la libreta de racionamiento como si la hubiese usado ayer. “Te establecía una cierta cantidad de alimentos que podías llevarte. Por ejemplo, solo quienes tenían hasta 5 años y más de 70 les tocaba leche, cuando llegaba. El resto no podía comprarla”. A sus 57 años recuerda “la precariedad para conseguir comida” cuando el bloque de la antigua Unión Soviética se tambaleaba, aunado a la presión de los países occidentales de corte democrático. “La escasez acompaña al tipo de dictadura comunista, pero también a la de Franco porque la guerra destruyó la producción nacional de España. La Unión Soviética también implementó una política confiscatoria que generó una contracción en el aparato productivo de los países aliados”, explica el politólogo Luis Salamanca.

En el sur del continente americano, Pablo Paves de 58 años también vivió la falta de alimentos a raíz de la toma de industrias y nacionalización del cobre en Chile, durante el gobierno militar de Augusto Pinochet (1974-1990). “Ese fue el detonante y empezaron a faltar insumos de muchas cosas por las medidas que implantó”, cuenta. Paves tenía 15 años cuando presenció el abrupto golpe militar que sacó a Salvador Allende de la presidencia, luego de tres años de gobierno, cuando comenzaron las huelgas, las manifestaciones, la escasez, los cortes eléctricos. “Todo se echó a perder. Me la pasaba en cola para comprar pan, leche, aceite, igual que acá. A veces no teníamos la suerte de conseguir un litro de aceite, sino 250 mililitros, por ejemplo”, rememora. Largas colas atiborraban los negocios chilenos, al igual que en la antigua Unión Soviética y en la actual Venezuela, donde las aceras perdieron su valor peatonal para servir de sitio de espera para comprar productos regulados.

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“Nicolás Maduro ha imitado bajo consejo de asesores cubanos las cosas que se hacen en Cuba. Venezuela es una copia de ese modelo, que a la vez es una copia del soviético, ambos fracasados”, explica la historiadora y profesora universitaria Margarita López Maya. El politólogo Salamanca afirma que aunque Venezuela cumpla con ciertos requisitos, la receta dictatorial está incompleta, pero avanza hacia estos modelos prácticamente extintos. Para el profesor universitario, la evasiva de las elecciones de gobernadores y el referéndum revocatorio es uno de los signos, junto a la extensión del Estado de excepción otorgado a Nicolás Maduro. “Eso pone la dinámica política a niveles cercanos a la dictatorial. Sin embargo, se necesita que pase del régimen, que ahorita es despótico, y penetre la sociedad y acabe con la trinchera democrática. Ahí sí tendremos dictadura y tendremos todos los elementos”.

“A todo le ponían una fecha distinta y hacían actos continuos, conmemoraciones, siempre con una recurrencia en las fechas patrias”, recuerda la cubana Maier, quien ve cómo se repite lo vivido en el país al que emigró en 1981 y en el que cumplió su “sueño americano”. El declive de su país lo padeció hasta que cumplió 21 años —mayoría de edad en Cuba— cuando decidió emigrar en búsqueda de un presente y un futuro.

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Teniendo un padre venezolano, Maier pudo dejar la isla con una visa de reunificación familiar junto a su madre y su padrastro. Los estudios de derecho que realizaba en su país de origen se diluyeron por complicaciones de papeleo. “Era una medida de represión para el profesional que salía de Cuba”, recuerda. El escape del régimen castrista también cruzó el destino de Tomé, por la persecución política que sacudió su tambaleante estabilidad hasta impulsarlo a él y su familia a tierras venezolanas, llenas de oportunidades. Su padre era uno de los tantos acosados por la seguridad del Estado cubano. Su crimen: fotocopiar panfletos contra la revolución y, aunque nunca lo cazaron con “las manos en la masa”, sus andanzas eran bien sabidas en la isla. “Mi papá fue sumamente perseguido. Se lo llevaban detenido a cada rato y lo aislaban tres, cuatro días. Mi mama, una mujer con mucho guáramo, salía y encontraba dónde lo tenían preso. Solo así sabíamos que estaba vivo”. Con temor a que en una de las tantas detenciones no lo liberasen, Tomé y su familia dejaron la isla sin posesiones más que el dinero que llevaban en sus bolsillos.

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Azucena Correa, uruguaya de 82 años, también sabe de persecuciones por su disidencia política al régimen militar de Juan María Bordaberry, quien llegó a la presidencia de Uruguay luego del golpe de Estado en 1973. “Una vez autoproclamado y apoyado por todo el ejército, comenzó una persecución terrible en el país, con muertes, torturas, desaparecidos”, cuenta la actual secretaria de Teodoro Petkoff, trabajo que obtuvo al poco tiempo de haber llegado a Venezuela. Para entonces, era una de las fundadoras del Frente Amplio, coalición de partidos de la izquierda uruguaya. “En la madrugada me fueron a buscar a mi casa. Recuerdo que mi esposo me despertó y me dijo ‘vístete que te vienen a buscar’. No lo creía. Cuando me doy cuenta, un soldado vino a mi cuarto y con la punta de su fusil levantó la sabana que me arropaba. ‘Está detenida’, dijo y me llevaron a una cárcel local donde estuve presa 45 días. No tenían nada de qué acusarme, solo era de izquierda”.

Pensar distinto también ha llevado tras las rejas a 96 personas hasta la fecha en Venezuela, de acuerdo con el último informe del Foro Penal Venezolano, Reporte sobre la represión del Estado Venezolano enero 2014 – mayo 2016. Tan solo en junio de este año, se registraron 1.600 detenciones por motivos políticos, que suman 5.853 detenciones en total y 145 señalamientos de tortura desde 2014. El caso el de Leopoldo López, coordinador nacional de Voluntad Popular, salta a la vista nacional e internacional, prendiendo alertas en organismos de defensa de Derechos Humanos.

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“Se empieza como lo vemos acá. Ese es el terror que tengo”, confiesa Correa, originaria de Paso de los Toros en el departamento uruguayo de Tacuarembó. “Allá las cárceles estaban atiborradas de presos. Había catacumbas, calabozos debajo de tierra. Espero que eso no le pase a Venezuela”, país que escogió como propio. Espera no verse en la necesidad de huir, tal como lo hizo cuarenta años atrás. “Era tan fuerte la persecución que yo decidí venir a Venezuela en el 78 con mis dos hijas, porque me iban a detener de alguna manera. Cuando se me presentó la oportunidad me vine para acá, donde estaba a salvo, y aprendí a querer a su gente”, admite. Decidida, pero abierta, Correa resistirá “hasta que se agraven las cosas, pero no tengo espíritu de mártir. Si se agravan, me tendré que ir”.

Ante la latente persecución de quien difiera del discurso oficial, el éxodo es la alternativa de quienes pueden llevarlo a cabo. Los inmigrantes presentes en Venezuela y los criollos que han emigrado a otras latitudes lo atestiguan. A pesar de que la Venezuela del siglo XXI dista de una dictadura de las experimentadas y estudiadas del siglo pasado, la emigración es una herida abierta en un país que raya en el autoritarismo y al borde del colapso económico. “Los venezolanos no éramos emigrantes, recibíamos migración externa. Ahora somos un país que no tiene ni futuro ni presente, producto de políticas en una sociedad que se va volviendo cada vez más opresiva y cerrada”. El Departamento de Población de las Naciones Unidas contabiliza 606.344 venezolanos repartidos en 67 naciones alrededor del mundo. Sin embargo, las cifras extraoficiales apuntan dos millones de personas.

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Como muchos profesionales criollos, los tres hijos del cubano Tomé emigraron a distintas latitudes, formaron familias lejos de su padre, crían a sus nietos lejos del cariño de un abuelo. Trabaja en Acumuladores Duncan desde hace décadas y a pesar de haber formado una buena vida al lado de su esposa e hijastra —en una segunda familia luego del fallecimiento de su primera esposa—, la llama de la emigración se mantiene viva en su estirpe. Incluso, la ve como una posible opción ante una Venezuela cada vez más similar a la Cuba de la que huyó cuando era adolescente. “Mis hijos me acosan, diciéndome que hasta cuándo voy a estar pasando por esto. Pero es injusto que dos veces en la vida lo boten a uno de su país. Se tiene que poner muy malo para que nos vayamos. Esperemos que no lleguemos a ese punto”.

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