Hugo Chávez y Donald Trump: de Tribilín a Rico McPato

Los extremos ideológicos se tienden la mano con Hugo Chávez y Donald Trump, tan distintos en origen y aspecto como parecidos en el verbo provocador y la pasión por el "You’re Fired". En política, las emociones más primitivas también pueden llevar puesto un Rolex

Hugo Chávez y Donald Trump: de Tribilín a Rico McPato

A uno le decían Tribilín por lo flaco, al otro lo llaman El Donald, como el pato, aunque responde al arquetipo del tío, el que se baña en la piscina de dinero. Uno popularizó la frase “You’re Fired” en un reality show, el otro tenía un reality show en la televisión todos los domingos y allí le dijo “usted está despedido”, mientras sonaba un pitico, a media directiva de la otra PDVSA antes del paro petrolero de 2002. Uno ha tenido marcas propias de chocolate y vodka, la cara del otro se multiplica en los paquetes de Café Venezuela y en casi toda superficie. Uno quiere poner un muro en la frontera con México, los hijos del otro quieren hacer lo mismo en el borde con Colombia para que no se escape la harina y la gasolina. Uno no puede ver a una modelo catira (sus matrimonios incluyen una checa y una eslovena), del otro afirmó Naomi Campbell tras conocerle no se sabe en qué grado de intimidad: “No es un gorila, sino un toro”. Uno puso a sudar a una Miss Universo venezolana para que perdiera kilos, el otro confirmó que una Miss Universo venezolana difícilmente ganará una elección en su país, y la desconfianza en una mujer presidenta no es solo tropical: Hillary en 2015 se desinfla a velocidad de Irene en 1998. Las comparaciones podrían extenderse al curioso papel de sus herederas Ivanka y María Gabriela, casi de la misma edad.

Probablemente el ejercicio nace de la paranoia del venezolano que cree ver un Hugo Chávez en todos lados: el terremoto mesiánico que romperá los diques de contención del sistema. Se vio un Chávez peruano en Ollanta Humala. Se ve un Chávez español en la colita de caballo de Pablo Iglesias. En Estados Unidos, el azote de la cordura no ha llegado de la izquierda nacionalista, sino de la derecha ídem. La candidatura presidencial del multimillonario Donald Trump parece una joda, pero las encuestas ya muestran que no solo es el preferido entre los aspirantes del Partido Republicano, sino probablemente de toda la base de electores: más vale irse tomándolo más en serio que al Conde del Guácharo. Hugo Chávez basó su éxito en el cálculo de que siempre los pobres son más; Donald Trump saca la cuenta de que los  blancos, incluso en descenso demográfico, siguen siendo más en Estados Unidos. Uno nació y erigió su torre fálica en Nueva York, el otro en la humilde Sabaneta de Barinas y se apropió de la espada de Bolívar. Uno juega golf y responde al mito nacional del self made man; el otro, que soñó ser pelotero, al caudillo militar vivito y coleando en pleno siglo XXI. Los extremos ideológicos se tienden la mano en una certeza: en política, el extremismo arrastra más que la moderación. Chávez tocó una tecla: la fantasía de la rebatiña de la piñata petrolera. Calculadamente, Trump toca otra tecla: la de los que se sienten amenazados por los modernos pieles rojas.

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Existe la leyenda de la Venezuela de Jacinto Convit, de la cuña de la Noche Pepsi, del chévere, del sentimiento nacional y de lo nuestro es lo mejor. Hugo Chávez se encargó de recordar que existía otro país que corría paralelo: el del desplazado rural incrustado en la periferia de las luces de la gran ciudad, el de la nostalgia de la mano dura, el del guerrillero nunca pacificado que reside en las letras de Alí Primera, el de la mujer de Acude que contrasta con las lentejuelas de las misses, el de la Venezuela profunda cuya geografía olvidada paradójicamente se suele teñir de rojo en cada elección. Estados Unidos también es dos países paralelos. Uno, el de la multiculturalidad, el del sueño americano, el de Oprah, Ellen De Generes, Hollywood, Disneylandia y la bola del Año Nuevo en el Times Square, el de la Modern Family que acoge a la pareja gay y a la colombiana culona. El otro, el de la bomba en Oklahoma, la Asociación Nacional del Rifle, la Iglesia de los Santos de los Últimos Días y la bandera de la Confederación. Chávez salió del llano para recordar cuánto de montonera sigue habiendo incluso en la Venezuela urbana. Trump, paradójicamente, emergió de Nueva York, en la costa bienpensante y liberal, para sacudir los fantasmas de una potencia cuyo corazón menos visible sigue siendo profundamente conservador.

Ambos, criaturas mediáticas: Chávez edificó su marca sobre una rendición breve y contundente en la televisión y la cerró eternizándose cual estampita del Ché Guevara con la célebre foto en el mitin de cierre bajo la lluvia, y habrá que compadecer a los historiadores del futuro que acudirán a las videotecas en busca de las 378 emisiones de Aló Presidente y de vómitos transmitidos como aquel de la “victoria de mierda”. No es posible entender el fenómeno Trump sin sus parodias de sí mismo en series, shows y películas, sin su juguete erótico del Miss Universo y su afición por los espectáculos de gladiadores de lucha libre. Ambos, látigos de los medios: el “métanse sus periódicos por el bolsillo” de Chávez, presagio de la demolición de la plataforma comunicacional independiente que sobrevendría después, tiene su correlato todavía en ciernes en el “vete para Univisión” al periodista de origen latino Jorge Ramos, episodio casi inimaginable en la tierra de Clark Kent.

Uno era la prueba de que pocas mujeres se resisten al poder, al “te voy a dar lo tuyo” soltado en alocución pública a su esposa Marisabel. El otro, de que pocas lo hacen ante el dinero. El político también encandila como metáfora de la interminable erección, incluso apalancada con viagra.

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“El sistema estadounidense es muy particular y sería muy arriesgado emitir un análisis superficial. Lo que obviamente une a Trump y a Chávez es la estridencia de la provocación, el desprecio abierto del sistema, la apelación a los bajos instintos, a la política de la identidad (‘nosotros somos’ vs ‘los otros son’), al nihilismo, y lo primitivo de sus mensajes. Pero el contexto es completamente diferente. Creo que hay que enmarcarlo dentro de la crisis general de la política del siglo XXI, cada vez más orientada a abandonar la deliberación y más proclive a utilizar emociones primitivas”, concluye la filósofa y sicóloga social Colette Capriles. Sí, el primitivismo también puede llevar puesto un Rolex.

Hugo Chávez parecía el dueño del futuro cuando ganó su primera elección a los 44 años, la infancia relativa para un político, aunque el tiempo terminó haciéndosele más breve de lo que se suponía. Donald Trump, a los 69 que intenta disimular su bisoñé de color melena de Barbie, no puede perder la flor que le dan, porque después de esta vida no hay otra oportunidad. Su historia como presidente y convulsionador (a su manera) de Estados Unidos está apenas por escribirse, y mucho puede cambiar todavía en un año antes de que la Casa Blanca se convierta en la próxima empresa de su holding. En todo caso, Rico McPato ya ha sembrado los tornados. Los que dejó como legado Tribilín, que también sabía ser muy un tipo muy cómico y encantador, se han vuelto incontrolables.